“Pero los once discípulos se fueron a Galilea, al monte donde Jesús les había ordenado. Y cuando le vieron, le adoraron; pero algunos dudaban. Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.”
Mateo 28:16-20
Desarrollo
Pero los once discípulos se fueron a Galilea, al monte donde Jesús les había ordenado. Y cuando le vieron, le adoraron; pero algunos dudaban. Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.
Los apóstoles eran similares a nosotros, hombres con dudas, tambaleantes. No eran lo mejor de la época, recordemos a Juan con su anhelo de rayos destructores sobre la gente, o a Pedro negando al Señor, o el mismo Tomás, incrédulo. Desde siempre el Señor ha optado con trabajar con instrumentos débiles e imperfectos, no con los poderosos del mundo presente.
Sin embargo, en contraste con esta debilidad humana, la confianza viene del hecho que el Reino de Dios es dirigido por Cristo. Según su oficio mediador, como Dios-hombre, al Señor después de su resurrección se le ha “coronado” de una “investidura” oficial, un “nombramiento”. El Hijo Eterno siempre ha reinado, pero ahora el Cristo encarnado y glorificado lo hace investido de plena potestad. Juan Calvino enseña que “Cristo recibe lo que ya era suyo, pero ahora en calidad de mediador”.
Debemos recordar siempre que la misión es del Señor, no de los hombres. Él nos da el poder y la autoridad para predicar a los pecadores. Nosotros no somos gente apta, es el Señor quien nos hace útiles a su propósito. El poder es de Dios, “pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo” (Hechos 1:8)
Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo;
I. “Por tanto, id”.
¿Dónde debemos ir? Debemos ir los pecadores de todo lugar. La necesidad de Cristo no es económica ni social. Note que la expresión es un imperativo, una orden, no una sugerencia. El reino avanza contigo o sin ti.
El Reino de Dios tiene una lógica incremental de expansión. El Señor dice que seremos testigos de él en “en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8). Si alguien quiere ser misionero en la India, se asume que ya ha predicado a su familia, amigos y vecinos.
Todos debemos predicar el evangelio, no solo los evangelistas, que son los hermanos dotados con una capacidad especial para predicar el mensaje de salvación.
Autoevaluación: Como iglesia, ¿estamos yendo? ¿Tenemos evangelistas?
II. “y haced discípulos”.
En un sentido todos somos discípulos de Cristo. No obstante, entre nosotros hay hermanos que se inician en la fe y otros ya son experimentados y con conocimiento. Recordemos que el escritor de Hebreos se queja de la falta de maestros en el pueblo de Dios: “Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios…” (Hebreos 5:12)
El discipulado es el proceso de instrucción inicial en los fundamentos de la fe. Se trata de un espacio de confianza y de compañerismo entre el maestro y el discípulo. El proceso de discipulado implica enseñanza, evangelismo, bautismo, más enseñanza y ejemplo en guardar la Palabra de Dios.
Los presbiterianos tenemos estandarizado esto en la Confesión de Fe de Westminster y en los catecismos. Note que la gran comisión dice “haced discípulos”, no meramente prosélitos temporales, personas registradas como creyentes por levantar una mano en una reunión de campaña.
Autoevaluación: ¿estamos haciendo discípulos?
III. “a todas las naciones”.
En su ministerio terrenal el Señor limitó su trabajo al pueblo judío (“No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel”. Mt 15:24). Progresivamente fue ampliando el destinatario de las buenas nuevas, en cumplimiento con la promesa dada a Abraham: “En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste a mi voz” (Gn 22:18).
Por esta razón son necesarias las misiones, hay que ir a todas las naciones. Recordemos que la misión se entiende como evangelismo -enviado por una iglesia local- más allá de las fronteras políticas o culturales.
¿Por qué es necesario ir? hay personas que creen que hay salvación en todas las culturas, sin embargo, la Palabra de Dios es concluyente al respecto: “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12).
El misionero es un oficio relevante en la Iglesia de Cristo, no cualquiera debiera ser elegido para tal tarea. Al Señor no le agrada la displicencia ni la ligereza de su pueblo. Un misionero a las naciones debe cumplir los mismos requisitos bíblicos que son exigidos a los pastores. Recordemos la advertencia del apóstol Pablo a los que envían con ligereza a cualquier persona: “No impongas con ligereza las manos a ninguno, ni participes en pecados ajenos. Consérvate puro.” 1° Tim 5:22.
Autoevaluación ¿Estamos enviando misioneros? ¿hay hermanos con ese llamado?
IV. “bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo;”
El bautismo es el sello del pacto de gracia. En el bautismo confesamos al Dios trino, único (EL NOMBRE), en tres personas:
- Padre: nos adopta como hijos y herederos.
- El Hijo: nos lava nuestros pecados por su preciosa sangre
- Espíritu Santo: mora en nosotros y nos santifica
“estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo;” (Filipenses 1:6)
“enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado;”
Note que el texto no dice solo “enseñar”, sino “enseñar a guardar”. El “enseñar a guardar” es algo que muchas veces se logra a través del ejemplo, los discípulos aprenden a amar al próximo tanto por los reiterados mandatos bíblicos al respecto, como por el ejemplo concreto de ver cómo los hermanos nos expresamos un amor real.
Por otro lado, no debemos nunca dejar temáticas fuera de la enseñanza por considerarlas complejas o controversiales. Recordemos que el apóstol Pablo se glorió de haber enseñado todo el consejo de Dios: “Por tanto, yo os protesto en el día de hoy, que estoy limpio de la sangre de todos; porque no he rehuido anunciaros todo el consejo de Dios” (Hechos 20:26-27).
“y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.”
Por el Espíritu Santo nos movemos a hacer cosas, a dar recursos, tiempo y trabajo. Muchas veces el inconverso se pregunta qué nos mueve a servir. La respuesta es sencilla: el poder de Dios. Por el poder del Señor hace que hombres imperfectos podamos hacer el trabajo que Dios nos pide. Cristo prometió que recibiríamos poder una vez que hubiera venido el Espíritu Santo.
Hechos 1:6-8 “Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo: Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo? 7 Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad; 8 pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.”
Conclusión
Este es el trabajo encargado por el Señor, no otros que usualmente nos inventamos. Tenemos ministerios con dudosa base bíblica, pero ¿tenemos ministerio de evangelismo? ¿en qué medida lo que estamos haciendo tributa a esta Gran Comisión?
Debemos saber que aunque nos inventemos otras funciones, Dios nos evaluará por esta gran comisión y por el uso de nuestro don.
Sabemos que en el día postrero el Señor evaluará nuestro trabajo, como en la parábola de los talentos.