lunes, 10 de agosto de 2026

Permaneciendo en el Evangelio - 1° Corintios 15:1-6

 



Permaneciendo en el Evangelio

1° Corintios 15:1-6

 

Texto

 

Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano.

 

Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y que apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen.

 

 

Introducción

 

El apóstol Pablo funda la iglesia de Corinto en el año 51 d.C., en el marco de su segundo viaje misionero. Sólo cuatro años más tarde escribe la primera carta a los Corintios, iglesia situada en una gran ciudad de la provincia romana de Acaya, zona sur de la actual Grecia, la que tenía a su disposición dos puertos, Licaonia (oeste) y Cencrea (este), por lo que se trataba de una zona comercial y de mucho tránsito de personas. Por la misma razón, la cosmopolita Corinto se caracterizaba por tener templos para una variedad de deidades paganas, siendo el principal el dedicado a Afrodita, en el cual trabajaban cerca de 1000 prostitutas. 

 

En este marco cultural de gran oposición espiritual y moral al cristianismo se registra la exhortación que Pablo hace a los corintos. En esta sección particular Pablo hace un llamado a permanecer en el evangelio, tanto en doctrina como en conducta.

 

Permaneciendo en el Evangelio

 

Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; 

 

Es interesante constatar que Pablo comienza y termina esta primera carta a los corintios profundizando en las verdades del evangelio, enfatizando que sólo Cristo y este crucificado -y además resucitado- debe ser el tema central de la predicación cristiana. Como mencioné, al cerrar esta carta retoma el mensaje de salvación que ya había desarrollado en los primeros dos capítulos, pero esta vez enfatizando en la resurrección de los muertos, la cual era negada sobre todo por los creyentes de trasfondo griego. Importante es recordar que los evangélicos nos hemos llamado así históricamente por predicar el mensaje de Cristo reconciliando al hombre con Dios a través de su muerte en la cruz. De esta manera, todos los creyentes debiéramos ser expertos en la materia.

 

El evangelio muestra tanto la justicia como el amor de Dios, este último expresado en que “siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rm 5:8). La muerte del Señor ha provisto del único pago que satisface la justicia de Dios por el pecado que cargamos. Cristo es el mediador entre un Dios santo, justo, amoroso y una humanidad caída en pecado. Es la acción de Dios en Cristo, a favor del pecador, la que le libra de la condenación eterna y le abre la entrada a los lugares celestiales. 

 

El hombre que cree en Cristo le imputa sus pecados al salvador, para que éste pague la sentencia correspondiente a éstos en la cruz del calvario. Así Cristo se hace ofrenda por el pecado de los hombres que creen en él (2ª Corintios 5:21), paga la sentencia y cancela la deuda de esos hombres con Dios. La justicia de Dios es satisfecha y se hace posible el perdón, pues sólo Cristo podía satisfacer la justicia del Padre. El hombre recibe este beneficio por gracia mediante la fe, o sea, sin apelación a méritos propios, ni siquiera a potenciales acciones que se pudieran realizar. 

 

El mensaje del evangelio interpela al hombre en dos direcciones, arrepentimiento y fe; “arrepentíos y creed en el evangelio” (Mr 1:15). Cristo carga los pecados de su pueblo bajo la solemne advertencia: “el que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Jn 3:36).

 

Importante es enfatizar que el evangelio es un mensaje que se debe comunicar o por escrito o por palabra hablada. En el contexto de la parábola del sembrador (Mt 13:23), el Señor dice que la semilla que da fruto corresponde al hombre que “oye y entiende la palabra”. El evangelio es un mensaje con contenido racional, lógico, es algo que se debe comprender, se debe comunicar con palabras. No a lo Francisco de Asís, hombre al que se le atribuye la desafortunada sentencia: “predica en todo lugar, y si es necesario, habla”. El evangelio se debe expresar mediante el lenguaje y la tarea encomendada al pueblo de Dios es conocerlo para poder predicarlo.

 

Los cristianos debemos perseverar en el evangelio en dos sentidos: conceptual y conductual, entre los cuales debe existir un balance. Filipenses 1:27 “Solamente que os comportéis como es digno del evangelio de Cristo”. Se subentiende, nuevamente, que para tener un comportamiento digno del evangelio de Cristo, se requiere conocerlo.

 

por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano.

 

Una característica propia del verdadero cristiano es que Dios le persevera en sus caminos, le capacita para retener su palabra tanto en lo doctrinal como en lo conductual, como lo señala el apóstol Juan: “Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ese sí tiene al Padre y al Hijo. Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido! Porque el que le dice: ¡Bienvenido! participa en sus malas obras” (2° Jn 1:9-11). 

 

Es tal la importancia de retener la Palabra de Dios en general y el mensaje de Cristo crucificado en particular, que su conocimiento se constituye automáticamente en un criterio demarcatorio entre salvos y no salvos. Un cristiano necesariamente debe conocer el mensaje que declara creer, de lo contrario estaríamos en un absurdo. Pablo es categórico al respecto, la vida cristiana no es un menú para escoger qué queremos creer, sino que se estructura en torno a una gran comisión encargada por el Señor, comisión que exige diligencia por parte del pueblo de Dios en cuanto a instrucción y estudio fiel. 

 

Por otro lado, el evangelio está vivo en el contexto de una persona que obedece la voluntad de Dios. Una vida de pecado desenfrenado y escandaloso demuestra que aquella persona no ha retenido la palabra.

 

Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; 

 

Pablo transmite lo que recibió del mismo Cristo camino a Damasco. El énfasis en este versículo es que los creyentes o evangelistas sólo somos administradores de este mensaje, meros “distribuidores” del evangelio de Dios. El cristiano no participa creando un mensaje, ni siquiera ajustándolo. La demanda de Dios no es creatividad, sino fidelidad a su palabra, y justamente eso significa retenerla: “Mas os hago saber, hermanos, que el evangelio anunciado por mí, no es según hombre; pues yo ni lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo.” (Gálatas 1:11-12)

 

Note que el apóstol Pablo usa en este versículo la palabra Cristo en vez de Jesús, el título mesiánico del Señor, probablemente apuntando al profeta Isaías: “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; más Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.” (Isaías 53:4-6).

 

Regularmente los creyentes obedecemos el sacramento de la Santa Cena, el cual tiene entre otros propósitos el conmemorar la obra expiatoria de Cristo, el cual se dio a si mismo por nuestros pecados: «Esto es mi sangre del pacto, que es derramada por muchos para el perdón de pecados» (Mt. 26:28).

 

y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; 

 

La muerte no podía retener a Cristo, “al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella.” (Hch 2:24). Recordemos que Cristo fue a la cruz de forma excepcional, él fue a la muerte por pecados ajenos, no por alguna iniquidad cometida por él. A diferencia de los hombres que poseen un cuerpo con una naturaleza caída que no termina de pecar, Cristo no podía ser retenido por la muerte, ya que no tenía naturaleza caída. Los seres humanos comunes mueren sin Cristo y su condenación es eterna, ya que su naturaleza caída es irredimible. En cambio Cristo murió una vez por pecados ajenos, pero cuando se halló su impecabilidad, la muerte fue incapaz de retenerlo, por esta razón el salmista escribe: “Porque no dejarás mi alma en el Seol, Ni permitirás que tu santo vea corrupción.” (Sal 16:10). Tanto Pedro (Hechos 2) como Pablo (Hechos 13) lo citan en referencia al Señor.

 

Cristo vence la muerte en la resurrección. Cristo resucita para vida eterna, no como otros hombres que la misma Biblia ha registrado resucitando pero finalmente volviendo a morir.

 

Algunos pasajes relacionados:  

 

Isaías 53:10 “Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada.”

 

Salmo 110:1 “Jehová dijo a mi Señor:

Siéntate a mi diestra,

Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.”

 

En la resurrección Dios proclama públicamente que el sacrificio de Cristo es aceptado y la muerte es vencida, pues ha perdido, por primera vez, capacidad de retener a todos los hombres. Para los cristianos la muerte ya no es una condena eterna sino solo un paso a la eternidad.

 

y que apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen.

 

Estos son testigos de la resurrección de Cristo. Por eso la mención “otros ya duermen”. El Señor mismo adelantó varias veces el hecho que iba a morir y resucitar: “Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día” (Mt 16:21).

 

Como mencionamos en un principio, los que negaban la resurrección probablemente estaban influenciados por el pensamiento griego, el que consideraba el cuerpo material como inferior al alma. Ellos solo aceptaban una existencia espiritual después de la muerte, no una resurrección corporal. Por esto el apóstol Pablo señala que la salvación cristiana no consiste en abandonar el cuerpo, sino en que Dios resucita y transforma el cuerpo presente. De esta manera, la resurrección de Cristo se constituye en el modelo de lo que sucederá a cada cristiano, por lo que negar la resurrección de los creyentes implica, lógicamente, negar también la resurrección de Cristo y vaciar de contenido la fe. 

 

La resurrección de Cristo había tenido muchos testigos, como lo registra Lucas en su Evangelio: “Mientras ellos aún hablaban de estas cosas, Jesús se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz a vosotros. Entonces, espantados y atemorizados, pensaban que veían espíritu. Pero él les dijo: ¿Por qué estáis turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos? Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo. Y diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Y como todavía ellos, de gozo, no lo creían, y estaban maravillados, les dijo: ¿Tenéis aquí algo de comer? Entonces le dieron parte de un pez asado, y un panal de miel. Y él lo tomó, y comió delante de ellos” (Lc 24:36-43). 

 

Incluso el mismo Señor se tuvo que enfrentar a sus discípulos incrédulos, como cuando trató con Tomás: “Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío! Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron” (Jn 20:27-29).

 

Conclusión

 

No basta con permanecer en la iglesia, hay que permanecer en el evangelio.

Permaneciendo en el Evangelio - 1° Corintios 15:1-6

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